La Nochebuena de 1989 marcó un hito en la historia de Panamá y en la diplomacia vaticana. En un contexto de tensión y violencia, el obispo José Sebastián Laboa se convirtió en un actor clave en la entrega del general Manuel Antonio Noriega a las fuerzas estadounidenses. Este episodio no solo resalta la complejidad de la política internacional, sino también el papel de la Iglesia en situaciones de crisis. La historia de cómo Laboa, un obispo vasco, logró convencer a un dictador acorralado para que se entregara es un relato que combina fe, estrategia y diplomacia.
La situación en Panamá había llegado a un punto crítico. El 20 de diciembre de 1989, Estados Unidos lanzó la operación «Causa Justa» con el objetivo de capturar a Noriega, quien había sido un aliado de la CIA en el pasado, pero que ahora era considerado un obstáculo debido a sus vínculos con el narcotráfico. La invasión fue brutal, con más de 26,000 soldados y un despliegue aéreo masivo. Noriega, consciente de su inminente captura, buscó refugio en la nunciatura de la Santa Sede, donde Laboa se encontraba al mando.
### La Inmunidad Diplomática y el Refugio de Noriega
La nunciatura, como sede diplomática, ofrecía un espacio seguro, protegido por el derecho internacional. Sin embargo, la decisión de Laboa de acoger a Noriega no fue sencilla. A pesar de la presión externa y el riesgo de un conflicto armado, el obispo decidió actuar. Con una reputación sólida en la Curia romana y una red de contactos influyentes, Laboa se sintió en la obligación de evitar un derramamiento de sangre.
El primer paso fue organizar la entrada de Noriega en la nunciatura. Para ello, Laboa envió a un empresario de la oposición, César Tribaldos, disfrazado de sacerdote, para recoger al general. Este movimiento fue arriesgado, ya que la nunciatura estaba rodeada por cerca de 2,000 marines estadounidenses, listos para actuar. Una vez dentro, Noriega se encontró en un entorno hostil, donde la música de bandas de rock como AC/DC y Guns N’ Roses sonaba a todo volumen como parte de una estrategia de guerra psicológica por parte de los militares estadounidenses.
Laboa, en su papel de mediador, comenzó a hablar con Noriega, intentando persuadirlo de que la entrega era la mejor opción. Utilizó su conocimiento de la historia y la religión, recordándole el destino de Benito Mussolini, quien fue capturado y ejecutado por partisanos italianos. La presión psicológica fue intensa, y Noriega, que pasaba sus días leyendo la Biblia proporcionada por Laboa, comenzó a sentirse cada vez más vulnerable.
### La Decisión de Entregarse
El 2 de enero de 1990, Noriega tomó la decisión de entregarse. Sin embargo, puso una condición: quería vestirse con su uniforme militar antes de salir. Laboa, consciente de la importancia de este gesto simbólico, contactó a Guillermo Endara, un líder opositor que más tarde se convertiría en presidente de Panamá. Endara se comunicó con el general Marc Cisneros, quien tenía el uniforme de Noriega como trofeo de guerra.
Finalmente, el 3 de enero, Noriega salió de la nunciatura, vestido con su uniforme militar y acompañado por tres sacerdotes. Este acto fue un momento cargado de simbolismo, donde la figura del obispo se erigió como un puente entre el dictador y las fuerzas estadounidenses. Una vez fuera, Noriega fue rápidamente detenido por agentes de la DEA, y las imágenes de su captura se difundieron por todo el mundo.
La operación «Causa Justa» culminó el 31 de enero de 1990, marcando el fin de un capítulo oscuro en la historia de Panamá. La intervención de Laboa no solo evitó un posible baño de sangre, sino que también destacó el papel de la Iglesia en la mediación de conflictos políticos. Su capacidad para actuar en un momento crítico y su compromiso con la paz son recordados como un ejemplo de liderazgo moral en tiempos de crisis.
La historia de Monseñor Laboa y su relación con Noriega es un recordatorio de que, incluso en los momentos más oscuros, la diplomacia y la fe pueden desempeñar un papel crucial en la resolución de conflictos. La figura del obispo vasco se erige como un símbolo de esperanza y humanidad en un mundo a menudo marcado por la violencia y la desesperación. Su legado perdura, no solo en Panamá, sino en la historia de la diplomacia internacional, donde la voz de la Iglesia puede ser un faro de luz en medio de la tormenta.
